domingo, 20 de mayo de 2012

Tormenta

He soñado que se avecinaba una tormenta.

Podía ver el mar calmado, como un plato, y en el horizonte enormes nubarrones negros que más imponían por su negrura que por sus formas, también serenas. Esta imagen pasó ante mí a cámara lenta. Me era sencillo y placentero observar todos los detalles de la escena: las barcas de pesca recogiéndose para tierra, los diamantitos de luz que se posan sobre el agua tililando como luciérnagas, las lentificadas gentes apurando sus tareas de regreso a casa. Una y otra vez contemplo alucinada la espesa negrura de la inconmensurable nube. El negro del cielo, de las aguas, de lo que va a acontecer...

Tomo entonces consciencia de mí. Me doy cuenta de donde estoy, de quien soy y de lo que me preocupa. Estoy en un cuarto que ha de ser el mío, el de mi adolescencia, no por sus formas que en nada se parece pero sí por el refugio que me procura, por la seguridad que me ofrece, por la familiaridad de los objetos. Es desde la ventana de ese cuarto,  que atranco, previendo la lluvia, desde donde observo como se gesta la tormenta. Clausurando la ventana dejo afuera el devenir inevitable, de lo que no puedo hacerme cargo, y me giro a comprobar el resto del cuarto: el altísimo techo con sus otros ventanales también correctamente cerrados, la sencillez de los inclinados suelos -de cemento bruñido-, la limpieza de la estancia y su blancura, el orden de los objetos. Todo está en su sitio. Estoy en calma.

Subo entonces a la cama, impoluta, con su colchita de flores de cachemire de mi adolescencia, mis libretas y mis libros, mis pies descalzos, los cuales acojo, flexionando las rodillas. Así permanezco unos instantes apenas mientras empieza a llover serenamente pero sin tregua, una cortina de agua. Desde la cama observo la estancia y su puerta, que tanto me aísla del mundo como me conecta a él. Elijo aislarme, elijo la estancia.

Me despierto con el negro de la nube en mis ojos.

¿Qué? ¿Alguien se anima a interpretarlo?

martes, 15 de mayo de 2012

viernes, 11 de mayo de 2012

El asunto de los audífonos...

...por aquí aún no lo he notificado pero ya lo digo, chicas, nueva salida del armario: desde hace un par de semanas llevo audífonos. Y el mundo se ha vuelto otro para mí; más loco si cabe, más desconcertante. Cientos de estímulos sonoros a cada instante. No sé como los normaoyentes pueden soportar este caos.

Hasta ahora, para entender, atendía a las personas con máxima disponibilidad, mirándolas fija y atentamente a la cara, leyendo sus labios, sus expresiones faciales, su postura corporal, captando por el contexto lo que por el sonido se me escapaba, poniendo mi propio cuerpo a disposición del encuentro, tirando de sus recursos expresivos para favorecer la comunicación, ausentándome de cuantas cosas sucedieran a mi alrededor para captar plenamente y sin juicios lo que el/la otro/a ser humano me deseaba expresar.  Y bueno, bien..., esto ha sido importante a lo largo de mi vida, una buena estrategia aprendida allá en la tierna infancia pero también ha sido -hasta ahora que se me ha diagnosticado hipoacusia moderada a severa- una experiencia agotadora: imaginen el esfuerzo físico que me ha supuesto estar presente en una situación social, no quedar excluida de las conversaciones. Porque si algo tiene la sordera es que tira para adentro, te esconde, te aísla; requiere de un esfuerzo para estar presente.

Así que esa niña buena y sosegada que fui en la infancia; que no daba problemas, observadora, con un rico mundo interior e imaginativa era, en realidad, una niña sorda. O todo eso a la vez pero también sorda. Y este matiz lo cambia todo, claro. Esa tendencia mía a la introspección está determinada orgánicamente, no por mi carácter. Mi carácter se ha ido forjando con esta característica sin saberlo. Hasta ahora.

Son diminutos. Si me ven -cuando me vean- apenas los van a notar. En realidad son tecnología pura y dura. Carísima y sofisticada tecnología. Se programan digitalmente y captan los sonidos sin discriminación, en un caos, que posteriormente el cerebro ha de ordenar y dotar de sentido de acuerdo a la situación que estás viviendo. Y estoy en adaptación, es decir, reordenando de nuevo el mundo que hasta ahora he conocido pero en clave sonora.

¿El problema? Que como son aparatos y lo captan todo, cuando los llevo puestos no puedo aislarme de lo que suena a mi alrededor. La vieja estrategia que tantas veces utilicé ya no me sirve. Conversar en una cafetería, por ejemplo, es toda una odisea: suena música de fondo, la camarera de turno lava los vasos con estrépito, los de la mesa de al lado celebran la liga y tu mejor amiga trata de explicarte qué va a hacer en vacaciones... un caos para mí: no puedo hacer como que no suena el brasileño ese tan lelo y tan famoso por unos altavoces malísimos interrumpiendo mi concentración; ni fingir que no me doy cuenta que la camarera en realidad ha de estar de mala hostia porque si no a ver por qué aporrea así los platos, los vasos, los cubiertos; ni ocultar la mala leche que me despiertan estos tíos, o los que sean, dando voces en la mesa de al lado, joder, que no es necesario gritar ni hablar todos a la vez invadiendo los espacios de intimidad de los demás... Así que mejor quedo con mi amiga en otro lugar más amable, sonoramente hablando.

Dice mi otoprotésica que me terminaré acostumbrando. Supongo que sí. Por lo pronto estoy desconcertada; este mundo tan loco, tan perdido, tan ruidoso...

jueves, 3 de mayo de 2012

Volviendo... que es gerundio

No sé cuántas cosas me han pasado en todo este tiempo, no las he enumerado, perdí la cuenta; y todas relevantes. De esas cosas que no te dejan indiferentes que sí o sí te dejan huella, te transforman, te vuelven otra. O es otra la vida. Como si alguien hubiera dado la vuelta a un gran calcetín.

Las cosas más agradables que me han sucedido están relacionadas con Barcelona, Lanzarote, mi chica, su casa, nuestra vida... las más desagradables con las más horribles posibilidades del ser humano cuando se vuelve reprensible. Y también las cosas por todas conocidas: las políticas sociales de desaciertos que imperan estos días: los despilfarros, las mentiras, las injusticias, las insensibilidades; el triunfo de lo rudo, del quebranto, de lo irracional, de lo indeseable. No sé cuántos pasos atrás hemos dado. Siglos tal vez.

También en este tiempo he cumplido años, leído dos libros, actualizado mi armario y he dado muchos besos, todos los que he podido que no todos los que tengo, me guardo algunos cuantos. Me ha faltado tiempo, que no ganas, para llamar y saludar a las mujeres que quiero y que van conmigo, en mis pensamientos, y que andan lejos; sí, todas mujeres. Y he acariciado a un perro.

Y estoy volviendo. De nuevo. De nuevas. El reencuentro con las letras. El sosiego tal vez.